LUEGO LO VEMOS…

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Rota de rabia y de dolor, abrió la ventana. Ayudándose de esas viejas cortinas que desprendían un desagradable olor a tabaco, se subió al riel. Miró hacia abajo creyéndose valiente mientras su respiración se aceleraba cada vez más. Todo el mundo parecía normal, ajeno a su angustia y sus lágrimas; alguna de ellas se precipitaba al vacío de la misma forma que ella deseaba hacerlo.

El ruido de la ciudad se metía por sus oídos produciéndole una desazón incontrolable; coches que no paraban de tocar el claxon, sirenas que iban y venían de un lado para otro, voces de los chavales del colegio de al lado saliendo al recreo como animales salvajes liberados, una mujer que discutía con el tendero del puesto donde ella misma compraba la fruta por culpa de un kilo de naranjas…

El sol empezó a asomarse entre la nubes. Sintió la necesidad de desafiarle mirándole fijamente pero sus párpados le pedían una tregua, sus párpados y su alma, compungida desde aquel día.

Todo había sucedido dos semanas antes.

Como todos los días, se levantó temprano, preparó el desayuno para el pequeño Adrián que ese día cumplía 8 años y, con prisas, se encaminaron hacia el colegio que estaba tan solo a unos metros de su casa.

Por la noche había dejado varios whatsapp sin contestar:

“Carmen recuerda traermeal curro los pendientes qme cmentste. Quedarán genial cn el vestido verde qme pillé en El Corte Inglés”

“T apetece q comamos mañ? Salgo a las 3”

“¿No te has enterado? Este fin de semana Whatsapp empezará a cobrar a los usuarios 5 céntimos por cada mensaje que envíes. Para evitarlo, pon en tu perfil una foto de color verde y así podrás librarte de…”

  • Mamá. Me ha dicho Pablo que no va a venir al cumpleaños porque todavía está enfermo pero yo le he dicho que puedo llevarle un trozo de tarta. Le gusta mucho la tarta de nata y fresas. ¿Puedo?
  • Luego lo vemos

Era la respuesta automática de Carmen cuando desconectaba del mundo real y se sumergía en el universo digital que la atrapaba hasta el punto de no ser consciente de lo que sucedía a su alrededor.

  • Mamá, ¿y podemos comprar doritos y pelotazos? Los gusanitos ya no me gustan tanto, son de niños.
  • Luego lo vemos, hijo
  • Me ha dicho Manuel que me va a regalar la moto con radio control pero ya le dije que prefería el quad porque ya tengo una moto y no quiero tener dos…

Ese último paso en el asfalto de Adrián mientras mencionaba la moto, fue definitivo.

Carmen esperaba en la acera para responder los últimos whatsapp pero el pequeño se adelantó a cruzar el paso de peatones mientras saltaba de alegría pensando en la tarde que le esperaba, llena de regalos, chuches y un montón de amigos.

Una furgoneta de color azul y blanco en la que se podía leer “Instalaciones Eléctricas Pozo”, no pudo hacer nada para evitar llevarse por delante al chaval. Fue cuestión de segundos…

Carmen seguía encarando al sol mientras se agarraba fuerte al marco de la ventana. No quería caerse por error. Pretendía tirarse voluntariamente.

De repente, un sonido le despertó de su duelo solar.

Era el whatsapp. Alguien le escribía.

Se olvidó del sol, del ruido de la ciudad y de su dolor y, como si de un autómata se tratase, se bajó de la ventana, cogió su móvil y abrió la aplicación.

“Hola Carmen! Anoche triunfé con ls pendientes. Muxas gracias. Nos vemos luego. Kiss!”

WHATSAPP2WHASAPP3

 

 

 

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