CADA UNA QUE SUFRA SU PENA

Sintió morir.

Cuando su hermana dijo todo aquello, Ángela no pudo contener el inmenso dolor que le producía escucharla. Habían sido tan solo unas palabras, pero el peso que cargaban se depositaron en ella como una losa maciza e inquebrantable.

Sus piernas empezaron a debilitarse y a tiritar como si, de repente, la temperatura de aquel salón hubiese descendido 20 grados de golpe. Tuvo que ayudarse de la mesa para no caerse, apoyando sus manos y, por ende, todo su cuerpo, en un trozo de madera envejecida que ahora decoraba la habitación donde, 35 años antes, su madre la había alumbrado sin apenas haberlo dispuesto pues, como ya descubriría más adelante, la mayor de los Montero siempre sería la primera para todo y para todos. Al menos, hasta ahora…

Su corazón latía con más fuerza que nunca. El oxígeno le parecía escaso y sentía ahogarse. Y sus ojos mantenían firme la mirada en un suelo infinito como si necesitase encontrar una explicación o, tal vez, una absolución..

Su hermana continuó hablando. Cuanto más la escuchaba, más angustia le producía. Quería que se callara pero no podía construir ni una sola frase. Su cerebro se había bloqueado de tal forma que solo le permitía emitir sonidos broncos y discordes.

A la que fuera de su sangre parecía no afectarle en absoluto. Después de su última visita a la casa en la que crecieron juntas y haber hecho públicas sus amenazas, jamás pensó que fuera a llevarlas a cabo. La venganza se sirve en plato frío, había sentenciado justo antes de salir por la puerta.

Y allí estaban las dos. Frente a frente. Una erguida dándose un baño de gloria y la otra arrodillada ante una realidad que se preveía inminente pero que prefirió obviar, una vez más.

Antes salir de aquel salón que en su momento había servido de dormitorio a sus padres y en donde tantas noches pasó abrazada a su madre para sacar de la mente las pesadillas que no le dejaban pegar ojo, la que se creía vencedora depositó con desdén en la mesa unas fotografías y se fue con la misma indolencia con la que entró en la casa.

Cuando Ángela tuvo las fuerzas suficientes para reincorporarse y ver esas fotos, entendió que había cometido el error más grande su vida: callar.

Y entonces las instantáneas le hicieron viajar a aquel día de su atrevida e ignorante juventud en la que su padre le prometió que sería su preferida si no decía nada de lo que había visto en esa cama, en esa habitación hoy convertida en salón y en cárcel de ignominiosos secretos. Ella aceptó el soborno. Sentirse especial ante el gran Sr. Montero, el todopoderoso, admirado y respetado en todos los ámbitos, era lo que siempre había deseado.

Su hermana le pidió ayuda. Le suplicó que testificara en contra del padre de ambas y que hablara de los abusos que sufrió hasta que se fue de casa ya cumplidos los 18 años.

Ángela le juró una y mil veces que jamás había visto nada y que no podía mentir, que necesitaba estar segura de todas aquellas acusaciones, aún así, jamás la dejaría de lado en aquel duro trance. Y, aunque al principio así fue, esas promesas se diluyeron a medida que el proceso judicial avanzaba.

Jamás se pudieron demostrar dichos abusos y su padre quedó libre y sin cargos.

Ahora observaba con bochorno esas sucias escenas que tanto le costó desterrar de su memoria. Momentos humillantes pero consentidos que su padre quiso retratar con la cámara de fotos que le regalaron entre las hermanas unas navidades. En las fotos se podía ver a ella misma, desnuda, en la cama de sus padres y siendo víctima de los juegos sexuales de ese despreciable ser.

Ángela no solo lo sabía sino que, además, también lo sufría, lo consentía y jamás hizo nada.

Una llamada de teléfono la sacó de sus desoladores pensamientos.

– ¿Mamá?

Al otro lado del auricular se pudo escuchar una voz desgarradora y entrecortada.

– Ángela, dios mío. Tu hermana… ¡tu hermana ha matado a papá!

Era algo que no la pillaba por sorpresa.

 

Microrrelato por EMMA ROSA POSADA

 

 

 

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