DERECHO A UN HOGAR, DERECHO A UNA VIDA

No sé a vosotros pero a mí se me rompe el alma cada vez que veo esto:

Por si no se sintieran ya bastante avergonzados de sí mismos y su situación, además han de combatir la aporofobia (odio al pobre). Por si no tuvieran que pasar frío y/o calor para buscar un trozo de pan, también tienen que soportar que les roben lo poco que tienen. Y por si no se sintieran ya profundamente humillados y vejados, han de defenderse de las amenazas o las agresiones sexuales.

Hay diferentes términos que les definen: los mendigos viven de la mendicidad, los vagabundos no tienen una residencia fija, los indigentes van de una ciudad a otra buscando trabajo y los “sin techo” no poseen vivienda, aunque es la expresión de los “sin hogar” la más exacta para definir a estas personas que viven en soledad desde su sentido más amplio.

La pobreza no es un fenómeno nuevo. La historia social está plagada de miles y miles de casos. Sin embargo, no es una situación producida por la desidia de quien la sufre sino que se traduce en el resultado de la estructura socio-económica de cada tiempo.

¿Cómo es posible que en este 2016 seamos capaces de romper con las barreras físicas que nos separan y entablar conversaciones audiovisuales entre dos personas a miles de kilómetros entre sí, y no podamos acabar con esta lacra social que en España ya supera las 40.000 personas? Muchas son jóvenes y/o con hijos que se buscan la vida debajo de puentes, en portales de viviendas, cajeros o cualquier otro rincón. Está claro que algo no estamos haciendo bien, o tal vez no interesa hacerlo bien.

La realidad es que no existen cifras exactas o estadísticas concretas. Los mendigos, vagabundos, indigentes y/o “sin techo” se ocultan, viven en el mundo de los anónimos por voluntad propia. No quieren ser vistos pero tampoco quiere mirar el mundo que les rodea. Es demasiado doloroso verse a sí mismos a través de los ojos de los demás.

Un día tuvieron una una familia, un trabajo, un hogar. Una casa… Ahora solo tienen la promesa de unos pocos que aseguran devolverles al menos un poquito de lo que perdieron por un golpe de mala suerte. Ellos están deseosos de dar una salida a su problema pero sin ayuda institucional se hace muy difícil. Los servicios de atención a personas sin hogar no cuentan con los profesionales necesarios y  las prestaciones de los Servicios Sociales (alojamiento, talleres de inserción, atención psicológica, etc.) para ayudar a su integración, son insuficientes.

¿Qué tiene que llegar a sucederte para que te veas viviendo en la calle, el último piso de la pirámide? Según los estudios llevados a cabo, si una persona sufre en su vida entre 3 o 4 sucesos traumáticos, los “sin hogar” han pasado por el doble, uno detrás de otro, sin apenas dejarles tiempo para reponerse.

Ellos se esconden bajo el anonimato por verguënza pero la sociedad se encarga de marginarlos por falta de empatía. Los prejuicios no deben impedirnos echar una mano, dentro de nuestras posibilidades, a estas personas. Aunque solo sea con un “buenos días”.

 Y para cerrar este post, os dejo con este precioso tema de Pablo López dedicada a las personas desahuciadas y cuyo estribillo dice lo siguiente: “Si esta no es mi casa dime cuándo la perdido. Ven y sácame de aquí cuando tu quieras.Te aseguro que se quedará mi huella.”

 

 

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