DESEO LO QUE TENGO porque ES MI MOMENTO

Septiembre.

septiembre

Recuerdo que, cuando era una jovencita, este mes siempre me producía una impaciencia descontrolada. Comenzaban las clases y eso suponía estrenar libros y demás material escolar, reencontrarte con tu compañeros o amigos, y volver a ver a ese chico que tanto te gustaba.

Claro que no todo el mundo daba la bienvenida a esta fecha del año como yo lo hacía. Para otros significaba el inicio del cautiverio, el castigo de enfrentarse una vez más a los odiados exámenes, la pesadumbre de madrugar cada día y aguantar al profesor de turno. A pesar de esa sensación de agobio, estoy segura de que la mayoría de vosotros recordáis esa etapa de vuestra vida con cariño y, sin duda alguna, regresaríais a ella aunque solo fuese para quedaros unos instantes o reíros de vosotros mismos. Y es que, la adolescencia, esa condición de joven estudiante cuya única obligación era aprobar el curso, tampoco estaba tan mal como creíamos en ese momento.

Pero somos así de estúpidos, ¡el ser humano en general es así de estúpido!

Nos pasamos toda la vida deseando ser lo que no somos y tener lo que no tenemos. Anhelando una vida que, tal vez no nos pertenece o que, simplemente, no es el momento de disfrutar. Y eso está bien, no lo critico, marcarse objetivos o metas es la única forma de prosperar y crecer como persona. Pero… ¿qué sucede cuando se consigue?, ¿qué ocurre cuando te llega el momento?, ¿qué hacemos, cómo nos comportamos cuando lo ambicionado se convierte en una realidad presente? Pues que… somos incapaces de valorarlo.

Cuando teníamos 5 años queríamos tener 9 para hacer la comunión. Cuando cumplimos los 9 queríamos los 16 para que nuestros padres nos dejasen salir de fiesta. Pero al llegar a los 16 solo pensábamos en los 18 y el carnet de conducir. Con carnet de conducir pero sin coche, no éramos nada, por lo que deseábamos conseguir un trabajo de fin de semana para comprarnos uno. Pero el sueldo de un camarero, cuatro noches de sábado al mes, no llegaba ni para la gasolina.

Éramos mayores de edad pero no nos sentíamos libres. Nuestros padres seguían sin confiar en nosotros y vigilaban cada uno de nuestros pasos. ¡Estábamos agobiados! Pero en el futuro, el mundo cambiaría, pues nos prometimos una y mil veces que nosotros seríamos mucho más enrollados con nuestros hijos…

Ya en la codiciada universidad solo queríamos terminar la carrera y dedicarnos por completo a nuestra profesión. A los 23 años, con la orla colgada en la pared del salón de nuestra casa, con un coche de 2ª mano que se calaba dos de cada tres veces y sin un duro, queríamos conocer mundo, saltar de país en país con nuestros amigos y hablar inglés a la perfección. En mi época, más que de país en país, saltábamos de pueblo en pueblo y aprendimos un idioma un tanto curioso; “tener telares en casa”, “ir espernancada en bicicleta” o “te presto mi balón” son expresiones que han contribuido a enriquecer mi lenguaje…

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Cumplimos los 24 y nos dimos cuenta de que vivir en casa de nuestros padres era insoportable, por lo que buscamos independizarnos a toda costa y tener así la vida que siempre habíamos deseado: sin normas, sin exámenes, sin obligaciones de adolescentes y… sin trabajo. Nos buscamos la vida. Trabajamos en lo que sea total de no regresar a casa de mamá. Vivimos por encima de nuestras posibilidades creyéndonos los reyes del mundo; pero un día la realidad llama a nuestra puerta.

Ante esta visita, algunos bajan de las nubes y comienzan a dibujar su propio camino, su futuro. Otros, por el contrario, prefieren seguir en las alturas, en un paraíso aterciopelado, sin obligaciones ni madrugones… y para eso acuden de nuevo a la protección (económica) de los padres. Hoy en día, los escasos puestos de trabajo existentes facilitan este proceso.

Nos ponemos en los 30. Los que están casados desearían no estarlo y los que siguen solteros tienen miedo a seguir así el resto de su vida. Los primeros envidian a los segundos y los segundos se vuelven tan locos buscando la vida de los primeros que se olvidan de sus principios y de quiénes son. No les importa quién, ni cómo, ni cuándo. Con vistas a la ancianidad, esquivar la soledad se convierte en el único propósito.

Y así llegamos a los 40 (“llegan”, que a mí todavía me falta un poco). Los que han conseguido casarse en la década anterior deberían saber que, hoy en día, la esperanza de vida está en los 80 años. Espero que hayáis elegido a la pareja perfecta porque os quedan otros 40 con ella.

Antes de estrenar los 50 ya venimos arrastrando dolencias, malestares y demás manías o fobias que con la edad se van reforzando. Las mujeres, celulitis y varios kilos no deseados. Los hombres, barriga cervecera y un atractivo masculino un poco (bastante) dudoso. Problemas con la suegra. Riñas con los hijos. Enfados con el/la cónyuge. Que si no llegamos a fin de mes. Ahora un derrama. Otra. El seguro del coche. De vida. Del hogar. Maldito mes de septiembre y los gastos escolares. Vamos de vacaciones a Punta Cana. ¡No, vamos a París!. ¡Punta Cana! ¡París! ¡Punta Cana! Al final, a la casa del pueblo con tu suegra…

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Unos protestaremos por unas cosas, otros nos quejaremos por otras, pero todos terminaremos nuestra “comparecencia” de la misma forma: “Ojalá volviese a tener 20 años. ¡Eso sí que era vida!”.

Tal vez fuese mejor, pero en su momento no lo supimos valorar.

Aún estamos a tiempo.

Los que tienen 90 años venderían su alma al diablo por tener 70. Los de 70 se cortarían una mano por tener 50. Los de 50 pagarían lo que fuese por tener 30…

Yo tengo 31 años y no he vendido mi alma al diablo, ni me he cortado una mano, ni ha sido necesario pagar a nadie… Simplemente me ha llegado el momento.

Ahora me toca disfrutar de aquello que desearé con todas mis fuerzas en un futuro.

pequea1

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4 Respuestas a “DESEO LO QUE TENGO porque ES MI MOMENTO

  1. Muy acertado tu articulo me has echo rememorar muchas cosas de mi infancia, y eso es algo que no se puede pagar, mas que con el cariño, y a ti te mando muchisimo cariño, y te deseo lo mejor para ti en tu vida profesional, y en tu vida privada. Eres una tia genial de verdad, y guapa a rabiar

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